Érase un animal que vivía en las cavernas. Una de sus necesidades vitales era el alimento, que le permitía convertir a otros seres vivos en energía. Tal era el milagro de su cuerpo como máquina. Tal era la primariedad de sus intenciones.
Pasaron los años (miles, millones) y fué ampliando su inventario, aprendiendo nuevas técnicas y utilizaba todo lo que le había sido dado por medio de la naturaleza. Y lo hacía bien. Había sido dotado de un don que le hacía destacar sobre el resto de sus compañeros: un intelecto superior. Podía decidir sobre su propio comportamiento y podía evaluarlo. Tener tal poder sobre su entorno implicaba una serie de responsabilidades, tantas como ventajas. Ante estos nuevos elementos surgió una infinita gama de actitudes, la moralidad.
En un principio había sido plenamente consciente de su lugar en la naturaleza, de su pertenencia a ella. Los únicos motivos para acabar con otro especímen eran la necesidad y el miedo. Pero el colofón de su magnificencia, su libertad, le llevaba a ser capaz de alcanzar las mayores alturas y de enterrarse en la más profunda de las bajezas. Y mientras un día había estado en plena sintonía con lo que con él había venido al mundo, un día sin más, decidió que despreciarlo, y no por necesidad, sino por la oscura satisfacción de poder hacer cualquier cosa sobre el que se encuentra por debajo en la jerarquía y, por lo tanto, hacerlo.
Cazar por ocio no tiene gracia. Maltratar a tu perro no tiene gracia. Las corridas de toros no tienen gracia. Tirar piedras a un gato no tiene gracia. Arrancarle la piel a un animal mientras aún vive, no tiene gracia. Es negar tu propia naturaleza animal, es torturar a un ser que tiene una parte común contigo. Sufre como tú, sufre más que tú. Un cáncer se supera con la fé y con las ganas de vivir. Un brazo roto es llevadero porque sabes el día que el dolor terminará. Una operación de estómago merece la pena porque te ayuda a seguir viviendo. Un animal no tiene creencias, calendario ni metas mas allá de lo que está ocurriendo en ese momento. No tienen planes ni estrategias. Ante el sufrimiento les envuelve la niebla del desconcierto. No hay puntos de referencia ni direcciones ni sentidos, simplemente saben que están ahí, siendo sometidos a un dolor insufrible.
El sadismo sobre cualquier ser vivo, es una clara falta de responsabilidad. Es un mal uso de lo mejor de nosotros.